Hay...
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Hay países que sólo pueden recorrerse en tren, donde los aviones se quedan varados como sirenas enfermas en cielos cuajados de estrellas y de remolinos de humo y de vacío; donde las carreteras terminan en inmensos olivares de troncos anudados; donde los campos de cereales, agitados por la brisa, son mares de miel entre los que no quedan caminos, ni guijarros.

Hay caballos de hierro que corren desbocados y sin freno, atravesando como una vieja herida mal curada el territorio de los indómitos apaches. Hay trenes que se hunden, que se ahogan en la inmensa taiga siberiana durante noches sin día y sinuosos días sin noche.

Hay trenes que serpentean por las costas, a medio camino entre la tierra y el mar, inmersos en cielos de un añil indecente, desde cuyas ventanas la línea del horizonte sólo puede trazarse con imaginación temblorosa.

Hay trenes que nunca llegaron a su destino, que se quedaron parados en algún punto de aquí al infinito, porque les impidieron el paso los vientos del Norte que se elevaron sobre colinas de verde terciopelo y se lanzaron en picado sobre desiertos calcinados por el tiempo y el olvido.

Y hay trenes que van y vienen, como la marea, y trenes que se quedaron para siempre en estaciones perdidas, sin nombre, abandonadas; desechos, como viejos esqueletos de elefantes que acudieron a morir a un pantano cuyos secretos sólo ellos conocen.

Hay estaciones vacías donde el tiempo se arrastra y las horas caracolean en el reloj atrasado de la pared. Estaciones con salas de espera, donde aguardar es un mundo y una dulce tortura. Hay estaciones que son reencuentros y que son adioses; que son besos, abrazos, lágrimas, maletas, carreras detrás de un tren que parte. Hay estaciones donde ya no crecen los vagones sino sólo las malas hierbas, que fueron conquistadas tiempo atrás por la hiedra que se encadena a fuego y con grilletes a sus paredes, a sus ventanas, a los agujeros sin fondo de sus puertas medio roídas. Hay estaciones como capillas recónditas y estaciones como catedrales: suntuosas, resplandecientes, con cúpulas de cristal para divisar un cielo índigo y unas nubes preñadas de lluvia, con bancos como tronos, con selvas dentro, con escaleras que llevan a todas partes y a ninguna, con andenes como autopistas, con trenes que compiten por partir primero y esfumarse de tableros con indicaciones luminosas.

Hay trenes que nacen en Atocha y trenes que mueren en Termini; trenes que arrastran sus pesadas barrigas por Austerlitz y trenes que nunca llegaron a Berlín Este.

Hay trenes donde Vronsky echa de menos a Ana y se tortura  de madrugada escuchando los latidos de un amor culpable. Hay trenes donde Hitchcock y Agatha Christie charlan animadamente al filo del amanecer planeando asesinatos tortuosos, perfectos, imposibles.

Hay trenes que conducen a regimientos enteros de ganado al matadero entre balidos y hedores de campo y trenes que llevan a manadas de soldados a la batalla, entre luchas de cartas y dados, entre risas nerviosas e hipidos de desdicha, últimos mensajes y últimas miradas atrás. Hay trenes de dolor que dejan atrás la guerra, que transportan a los heridos de manera indiferente hacia la vida o el abismo, como el tren de Miguel. Silencio que naufraga en el silencio.

Hay trenes de muerte que chocan, que descarrilan, que explotan, que son amasijos de hierro, que son trampas mortales, que se convierten en tumbas de diseño a la última moda. Y hay trenes canallas que vomitan a sus pasajeros en campos y prisiones del horror.

Hay trenes que dan miedo, que arrancan escalofríos, que te llevan lejos de allí donde quieres estar y trenes amables, hechos de sonrisas y de trazos suaves. Hay trenes con matices de gris acerado y trenes donde el sol se refleja con rayos de melocotón, albaricoque y fresa. A veces son los mismos: los mismos trenes esquizofrénicos a distintas horas del día. Hay trenes que se sumergen en agujeros negros de túneles interminables, que te ciegan, que te nublan la vista, que te arrullan como una nada hasta que el sueño vence la inconstante batalla de cada día.

Hay trenes que ceden a los caprichos de la noche y cortan la oscuridad como una navaja con el filo oxidado. Y trenes que doblan la nostalgia de su pasado al resbalar por raíles de algodón.

Y hay raíles que se pierden en la línea del infinito y raíles como meandros de un río, sin desembocadura ni principio; que se despeñan como torrentes por paisajes abruptos y acarician suaves colinas; que parten la tierra como gajos de mandarina; que cubren el suelo de cicatrices; que son como garras que arrancan pedazos doloridos de paisaje.

Hay trenes de un vapor que nubla los sueños, que borra los contornos y trenes de carbón que calientan el alma y reconfortan las vidas. Hay trenes rápidos donde lo importante es el fin y no los medios y trenes lentos de la Historia que se agitan como viejas, pesadas tortugas, trenes que tendrás que abordar para llegar a Ítaca, rico en experiencias, en saber, en vida… donde las mañanas de verano sean tantas…

Hay billetes de tren que quedaron enterrados en los cajones sin ser nunca utilizados; billetes desgastados hasta que se deshicieron sus fechas, se derritieron sus números y sólo permanecieron las manchas amarillentas de los años: billetes empapados de tiempo.

Hay trenes que separan.

Hay trenes que unen.

Hay trenes que te llevan al olvido.
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Relato de verano... en invierno
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11.45 de la mañana...
Los termómetros marcan 451 grados en la escala de Farenheit a la sombra.
Supongo que eso explica por qué todos los documentos que llevaba en mi portafolios y de los cuáles no existe otra copia hayan ardido hasta quedar reducidos a cenizas.

11.47
Empiezo a cruzar la calle.
Avanzo bastante veloz teniendo en cuenta el obstáculo que supone el asfalto al derretirse bajo mis pies. Por no mencionar las molestias inherentes a llevar sandalias nuevas.
Aparte de las quemaduras, me fastidia la tira de atrás.

12.21
Termino de cruzar la calzada. Tengo ampollas en los pies y no sé si es por culpa del firme o de la puñetera tira.

12.24
Continúo calle abajo, ganando velocidad, como si del descenso del Tourmalet se tratara.
Una anciana en taca-taca se cruza en mi camino y no puedo esquivarla. Utilizo el lenguaje soez de la diplomacia global y, llamándola "daño colateral", la dejo revolcándose en su propia miseria y entre las cacas de perro.

12.27
Exudo cantidades industriales y no sé discernir si se debe al errático comportamiento de las isobaras y las bajas presiones o al yogur caducado que me comí esta mañana.

12.31
Noto cómo se me reconcentran las ideas en la parte más alta del cerebro. Dentro de poco empezarán a deslizárseme por el pelo y necesitaré cantidades industriales de champú antigrasa para eliminarlas.
Considero la posibilidad de beberme el frasco en lugar de aplicarlo sobre el cuero cabelludo.

12.43
Me sumerjo en pelota picada entre los leones de la diosa Cibeles. No se trata de ninguna reivindicación de signo marxista-leninista-revolucionaria, ni feminista, ni ecologista... explico a los Nacionales que, amablemente, me pescan con red... ¡Es que hace un calor de tres pares de anticiclones!


Facebook, luego existo
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No tengo Facebook.
Así, llanamente, revistiendo a los clásicos latinos. Aunque pueda parecer un pecado en el mundo actual y/o una muestra de desidia.
No le veo una utilidad practica a exponer mi vida a un montón de extraños. No quiero colgar mis fotos en la red si no para tener una copia de seguridad o para enseñarlas un día cualquiera a quien me plazca, pero siempre dentro de mi elección. No quiero que me taggeen en series de imágenes que son mías o nuestras o, en definitiva, que no deberían ser "de todos". No quiero jugar a la granja, prefiero dedicar una tarde a echar una partida al Agricola con gente a la que aprecio, gente con la que puedes picarte, a la que puedes incluso llegar a tirar una ficha a la cabeza. No quiero que todo el mundo conozca mi estado: ¿a quién le importa si estoy trabajando, cabreada o feliz con mi vida, de fiesta, de vacaciones o comiendo un pincho de tortilla? No quiero perder el tiempo, o mejor dicho, no tengo tiempo que perder, haciendo encuestas absurdas, ni quiero asistir a eventos on-line cuando ni siquiera tengo suficientes horas a la semana para ver a todos mis amigos. Y, por supuesto, no quiero encontrar a aquellos con los que perdí el contacto alguna vez... Porque si perdí el contacto es por algo. Ni mucho menos que me encuentren.
Tal y como lo escribo parece que soy una persona huraña y solitaria, anticuada y reaccionaria. Lo cierto  de es que, aunque tengo mis momentos, no me considero así. Pero, de verdad, ¿me sirve de algo tener 200 amigos en red, a muchos de los cuales no tengo nada que decirles, a muchos de los cuales ni siquiera conoceré? ¿De verdad mi vida puede parcele a alguien tan interesante si hay veces que incluso a mí misma me parece un rollo, una sucesión de capítulos repetidos?
Que nadie me malinterprete... Supongo que hay mucha gente para la que este tipo de redes sociales tienen utilidades que todavía no he descubierto cómo aplicar a mi propia vida (pues sí soy usuaria de otras). Pero, no sé por qué, parece, recopilando los comentarios de la gente que tengo a mi alrededor que, cada vez en mayor escala, que existe una necesidad implacable de compartir todos los resquicios de nuestra vida privada con cualquiera que tenga a mano un ordenador.
Grabo un vídeo de mi marido en camiseta y calzoncillos plantando un árbol en el jardín de casa y... ¿de verdad merece estar en Youtube? Me hago una foto borracho como un piojo a la salida de un famoso bar de Barcelona y... ¿la cuelgo en mi Facebook para que los tíos del departamento de selección de la empresa donde acabo de ir a hacer una entrevista que me ha salido fantástica la encuentren al día siguiente? Nace mi hijo y... ¿cuánto tiempo puede pasar hasta que publique una línea en mi Twitter para dar a conocer la noticia al mundo?
Qué gran material para un arqueólogo o un biógrafo del futuro, capaces de seguir y reconstruir miles de vidas casi día a día, a veces hora a hora, sin moverse del sillón de su casa, sin retirar los ojos de la pantalla.
Así que no. Por lo menos de momento, no tengo intención de abrir mi propio Facebook, por mucho que la gente que me conoce se sorprenda y por muchas invitaciones que me manden.
No tengo Facebook, pero existo.
Y puedo demostrarlo: aparezco varias veces en el Google si buscas mi nombre;)


El tigre de Malasia
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No es fácil ser terrorista.

Al menos, lo supongo, pues es una realidad que queda algo lejos de mi curriculum.

Pero conocí a uno.

Compartimos comidas, cenas, tardes de cine, noches de fiesta y conversaciones sobre la vida nacidas de la espuma del capuccino. Incluso desde puntos de vista tan distantes, desde concepciones tan lejanas de la vida, dos personas pueden sentarse y hablar cuando son precisamente eso: personas, no ideas.

Había nacido en Malasia pero su madre era ceilandesa, su padre somalí y su piel negra como el ébano. Tanto que en las fotos nocturnas apenas se distinguen su brillante sonrisa y el blanco de sus ojos.

Balbucía un inglés semi-inventado, salpicado de vocablos alemanes, italianos y españoles. Una suerte de esperanto propio. Aunque, en general, su cara lo decía todo. Nunca le escuchamos hablar en tamil, aunque una vez sí escribió para nosotros con una caligrafía de signos enredados como jeroglíficos curvos, casi dibujos.

Era vegetariano, profesaba algún tipo de religión cercana al Islam quizá, aunque lo importante es que creía en un dios con mayúsculas y que bailaba al son de
Sandokán.

No se entendía con su casera, que acabó echándolo a la calle un buen día, nunca supimos por qué. Se mudó a casa de un amigo que se había ido de vacaciones mientras encontraba otro piso. Volvió a los dos meses y lo encontró dentro de su casa. Y, más concretamente, dentro de su cama.

Compraba teléfonos móviles de todos los colores, formas y diseños para venderlos en Malasia; cuando volviera; algún día. Lo hacía incluso cuando no estaba nada claro que pudiera pisar de nuevo aquel suelo. Porque es verdad que la esperanza es lo último que se pierde, aun cuando la razón y los hechos estén en contra.

 



Todo empezó con un artículo que escribió para un periódico de tirada nacional. Ahora hará unos quince años de aquella columna. No nos contó qué decía exactamente, aunque sí que era un artículo reivindicativo, político, anti-gubernamental, en defensa de una minoría étnica de la que él se sentía parte y que le convertía en un extranjero en su propia casa.

Tal vez antes de aquello, tal vez después, sus ideas lo condujeron al regazo de un grupo guerrillero que luchaba por la liberación de los tamiles en Sri Lanka, los Tigres Tamiles. Según su país, y algunos otros nada despreciables, como Estados Unidos, una organización terrorista. Aunque los límites, esos límites concretamente, nunca están claros y menos para alguien que apenas sabe dónde están localizados esos países, problema del que adolecemos más de un noventa por ciento de los occidentales. Y tirando por lo alto…

Hoy, que los Tigres Tamiles son actualidad por su rendición, por poner fin a lo que los siempre objetivos telediarios de nuestro país llaman una sangrienta lucha de más de veinte años, que ha dejado un largo rastro de muertos en ambos bandos, hoy, me doy cuenta de que el tópico me devora de forma indolente porque sigo pensando en Malasia y Sri Lanka como lugares fantásticamente verdes, como espacios vírgenes de selvas infinitas… Hoy me avergüenzo de mi ignorancia y mi desidia, pues ni siquiera me he molestado en buscar imágenes de esos países en el Google después de conocerlo a él o intentado conocer mejor su historia, su cultura o sus motivaciones.

Ayer, él siguió un periplo que quizá no acabe nunca, para llegar a las antípodas Madrid. Ayer, leyó las mismas noticias que yo en el periódico pero otras ideas pasaron por su cabeza. Ayer, siguió coleccionando teléfonos móviles y guardándolos en el cajón de su armario.



La serie de Fibonacci
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Medía al menos dos metros. Te miraba siempre desde arriba, por detrás del doble escudo de aquellas gafas de culo de vaso. Demasiado grandes, como él. La fuerza de la costumbre le hacía caminar siempre ligeramente encorvado.

Era georgiano. De pura cepa. Su abuela había ocultado a Iosif Visarionovich Dzugashvili (Stalin, para los colegas) en el granero de la casa familiar durante las primeras persecuciones de una época convulsa y revolucionaria. Y, como pasa con tantas buenas acciones, luego se había arrepentido. Y mucho.

En sus años de colegio le obligaron a hablar ruso, no sólo en la escuela, sino también en su casa; le conminaron a desfilar; no le dieron opción a no creer en lo que todo el mundo supuestamente creía.




En clase de gimnasia, practicaba el lanzamiento de granadas (vacías, por suerte), disparaba con Kalashnikov y realizaba simulacros de actuación ante amenaza nuclear o escapes radiactivos.

En sus años de universidad, mientras estudiaba matemáticas, se había labrado una cierta fama como defensa del equipo de rugby de la gloriosa Unión Soviética. Después, cuando la tambaleante URSS fue barrida sin contemplaciones ni remordimientos por el huracán de la historia dejando paso a una nueva época de oportunidades, su mundo quedó patas arribas.

Las fotos deportivas fueron amarilleando; los trofeos se cubrieron de telarañas en el fondo de algún armario olvidado. Pero él, en su inocencia, seguía pensando que la vida era como un partido: en el campo valía todo siempre que el arbitro no se diera cuenta; en el vestuario, todos tan amigos.

Confundía las ecuaciones con el amor y la resaca con la amistad.

Durante el café, hablaba grave y lentamente de integrales, de mujeres y de cosas que yo no entendía con su mejor amigo: un moscovita con aspecto de descender de Rasputín que resolvía complicados problemas metafísicos metido dentro de una piscina inflable en mitad del salón de su casa mientras veía Striscia la Notizia en el Canale 5.

Paseaba siempre por las calles mal empedradas de aquella ciudad en la que siempre vivió como un extraño con una carpeta bajo el brazo de la que pugnaban por escapar papeles llenos de fórmulas. A veces, oteaba la plaza desde la privilegiada ventana de un despacho compartido, con la mirada algo perdida, esperando reconocer a la gente que cruzaba de camino a otra parte o que se sentaba bajo la fuente a tomar el sol. Entonces, saludaba con un gesto de la mano y sonreía, pero no bajaba los cuatro pisos a reunirse con ellos.

En las cenas sólo se achispaba a la sexta botella de vino. Pero eso no era nada para alguien que, años atrás, había apostado que podía beberse una botella de aftershave e ir a entrenar al campo al día siguiente... y que había ganado la apuesta. Era en esos momentos cuando nos contaba estas historias y cuando terminaba cantando un
himno que nunca creyó suyo pero que estaba grabado a fuego en su cabeza y su garganta.

Entonces, un día, conoció a una chica en Internet. Volvió a Tbilisi y se casó con ella.

Antes de marcharse, hizo la maleta sin mirar atrás, plegó los últimos años de su vida y los guardó en el fondo un cajón con llave. Dentro se dejó olvidados una derivada, un número primo y la serie de Fibonacci.

Ahora tiene hijos que hablan y escriben en georgiano, que han vivido una guerra distinta de la de sus padres y a los que tal vez, sólo tal vez, haya enseñado a cantar el mismo himno que tradujo una vez para unos amigos lejanos en el espacio y en tiempo.
 



El misterioso hombre de la sala de reuniones
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Un día, simplemente, apareció allí.

Y siguió llegando puntualmente a las 8.55 de la mañana y encerrándose en la sala de reuniones. Durante una semana sólo tuvo un teléfono delante. Lo miraba concentrado, como si estuviese a punto de sonar. Después, quizá rendido a la evidencia de que nadie iba a ponérselo fácil, se agenció un portátil, una tarjeta 3G y empezó a trabajar allí… o quién sabe.


Nunca salía a tomar café al office, nunca entabló una conversación con nadie y nunca fue al baño, al menos por la puerta lateral izquierda. Lo sé porque mi despacho estaba justo enfrente de esta, entre el narcoléptico que se daba cabezazos contra el teclado y el ejecutivo que paseaba en patinete eléctrico por los pasillos de la segunda planta.


De sisolomusica.blog.com.es

De 18:45 a 19:00 se daba una vuelta por la oficina. Pasaba y saludaba con voz suave, educada, con la cabeza gacha y casi un gesto de timidez y modestia. Era guapo, atildado, mediterráneo y discreto. Con esa elegancia innata de quien creció en un ambiente selecto. Salvo por ese pequeño detalle, nadie habría sospechado nunca que era el hijo de un importante político israelí o que había trabajado para el Mossad.

Daba lugar, como no, a muchos comentarios pero no molestaba… salvo por el hecho, ya reseñado, de que ocupaba la jodida sala de reuniones. No es que fuera la única, pero sí la más grande y la más cómoda.

Inevitablemente, todos los días, alguno de nosotros se asomaba por la nimia franja de cristal transparente que quedaba entre los vidrios tintados de blanco que debían proporcionarle intimidad, para intentar descubrir si nuestro intruso habitual tenía intención de moverse de allí.

Y, luego, una mañana, sobre esa misma puerta, apareció un folio pegado con un trozo de cello y con una sola palabra, en letras mayúsculas, trazada con bolígrafo azul de punta fina y letra un poco vacilante, que rezaba: presidencia.


Aquel letrero aclaratorio le restó mucho encanto al asunto. Al menos si puede pasarse por alto que el nuevo presidente de una compañía surja de pronto de la nada, se encierre en una sala sin presentarse a nadie y tenga que pegar un trozo de papel en la puerta para que sus propios empleados dejen de cotillear.


Y, por supuesto, no: no podíamos pasarlo por alto.


Poco a poco fuimos sabiendo más, aunque él jamás dijera nada:
quien era, de dónde venía, por qué estaba allí… pero aún debimos desvelar un último secreto.

¿Por qué utilizaba la sala y no el despacho presidencial, al otro lado del edificio, lejos de la plebe, que, (y es sólo un dato, pues lo demás estaba en consonancia), en vez de sillas cutres de cuando ni siquiera existía el Ikea, disponía de cómodos sillones de cuero? La razón era sencilla: la sala estaba okupada… por el anterior presidente que no se mostraba muy de acuerdo con su prejubilación.


Y, sea por respeto, por esa aparente turbación suya o porque lo había intentado por la vía diplomática hasta agotar todas las opciones,  nuestro hermético presidente renunció al lugar que le correspondía y permaneció en aquella sala hasta que su predecesor se aburrió y desalojó el despacho. El otro volvió a casa por Navidad, como el turrón.


Hoy he sabido que él tampoco trabaja ya en esa compañía.

Me pregunto dónde estará, en qué sala se habrá escondido ahora o si seguirá esperando esa importante llamada que nunca llegó.

 



Cierra los ojos
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Hace meses que se tumba en su cama y no puede dormir.

Simplemente no puede.

Rebusca por la casa un rincón, como un gato perezoso que se arrastra y arquea la espalda hasta desencajar las vértebras. Entre el sofá, la alfombra, una silla, el suelo… Cierra los ojos suave; aprieta después los párpados con tanta fuerza que parece que se los hubieran unido con pegamento de contacto. Ve pequeñas constelaciones de luces multicolores formándose en algún lugar entre sus pupilas y su cerebro. Se recuesta en posición fetal hasta que las rodillas casi le tocan el mentón. Y nada.

Las ojeras están ya talladas en el mármol blanquecino de su rostro. No tiene fuerzas para nada: como si se hubiera transformado en una mancha amorfa, hambrienta de sueño, envidiosa de los que pueden dormir y olvidar.

El sueño se vuelve como una marea que asciende desde la punta de los pies hasta su garganta, dejándola sin aliento, boqueando como una hoja que cae del árbol, retirándose poco a poco antes de cubrir sus pupilas, como si nunca hubiera existido.

Estrés, maldición, don divino, enfermedad, milagro… todo eso lo han llamado y más. Lo único cierto es que nadie tiene una respuesta. Y, mientras, ella siente que su cuerpo se deshilacha, su mente se vacía, sus pensamientos se dispersan hasta el punto de no ser capaz de encadenar dos ideas coherentes. Y tiene miedo de convertirse un día en una simple sombra, un fantasma atónito, atento a lo que ocurre a su alrededor, viéndolo todo con ojos desencajados fuera de sus órbitas, pero sin comprender nada. Y ya ni siquiera tiene fuerzas para preocuparse: sólo quiere huir.

Por eso se arrastra hasta la estación de trenes: dos piernas convertidas en puro cemento a medio fraguar que le dificultan el paso. No lleva equipaje. No sabe si ha cerrado la puerta de casa o si se ha dejado la llave puesta. Consigue un billete a duras penas, se acomoda en el asiento con la frente apoyada en el frescor ventanilla y siente que su cuerpo está a punto de fundirse con el material plástico de la butaca; que se deshace y se introduce por los poros de aquel objeto inanimado hasta unirse íntimamente a los muelles de metal.

Más de cincuenta imágenes por segundo durante las horas y más horas que dura el viaje no le dejan ninguna impresión: ni en la retina ni en el cerebro.

Para ella el paisaje es inmóvil, artificial, está congelado en algún punto del espacio y el tiempo. Se siente como un disco duro obsoleto incapaz de procesar una avalancha de datos.

Minutos antes de descender a un andén abandonado, la pleamar del sueño la invade y se retira dejándole sólo una sensación de náusea.

Ha vuelto. Pero allí no hay nadie para recibirla. No hay nadie en ninguna parte. Aquel pueblo que fue el de su infancia está desierto, muerto, carcomido, obligado a contemplar su propio derrumbe y ruina. Intenta sonreír con las pocas fuerzas que le quedan ante la aplastante metáfora del paisaje y de su alma.

El tren emite un último suspiro y parece expirar en aquella vía condenada del andén: nadie más se baja aparte de ella. No hay una sola maleta, un movimiento solo. Hace girar su cuerpo aterido por el abandono, encorvado por el peso del cansancio, y comienza a caminar hacia ninguna parte. Cada paso es un suplicio y un pequeño triunfo.

Dobla la esquina de la avejentada y derruida estación dispuesta a adentrarse en las calles de adoquines cascados, charcos de barro y tableros de rayuela.

Antes tiene que atravesar el pequeño bosque. Levanta las pupilas, pues el cuello casi es incapaz ya de elevar y sostener la cabeza, y allí lo ve. Sólo que ya no es tan pequeño.

Frente a ella se extiende un cúmulo imposible de árboles centenarios algunos, jóvenes otros, mezclados sin orden ni concierto, sin domesticar por la mano del hombre. Busca la vereda que conducía a su modesto jardín pero allí ya no hay nada, sólo un laberinto de raíces que pugna por escapar de montones de hojas secas y frutos que echarán nuevas raíces. El follaje es tan espeso que la umbría se extiende a su alrededor: un fragmento de noche imposible en mitad de un mediodía de árido verano. Se interna cada vez más, procurando no tropezar, incapaz de saltar por encima de troncos caídos y raíces aéreas; arrastrándose a veces sobre ellas, a gatas, sintiendo cómo el musgo y las pequeñas setas quedan aplastados bajo la palma de su mano y le llenan los espacios interdigitales como nuevas membranas.

Ahora sus ojos se están acostumbrando a la penumbra: se apoya en viejos troncos y desliza por ellos los dedos pensando que de esa forma será posible descubrir los secretos de una madera que parece cincelada por un escultor barroco. Una madera de nudos imposibles: rostros, piernas, brazos, nubes al vuelo, la lana de una oveja quizá. Una madera que transmite… cosas.

Avanza un poco más allá, impelida por los últimos rescoldos de una fuerza casi extinguida. Se yergue y mira hacia atrás para darse cuenta de que el camino por el que ha venido, si puede llamárselo así, ya no tiene ninguna existencia física: sólo hay árboles, matojos y montículos y tonos marrón y verde y ocre, imposibles de describir con el limitado vocabulario humano.

Otea el horizonte pero el horizonte tampoco está ahí. La foresta ocupa todos los resquicios y planos y puntos de fuga. Se siente inmersa en un desierto de robles y hayas, salpicado por pequeños oasis de abedules y serbales. Quizá en otras circunstancias habría sentido angustia, miedo de estar perdida y de no volver a salir de allí. Ahora todas esas sensaciones que ha experimentado a lo largo de su vida se han apagado, han dejado de tener sentido.

Tropieza y cae deshollándose las rodillas para encontrarse frente a uno de aquellos árboles. Su tronco, en la parte baja, es ligeramente cóncavo. Dos hayucos que han brotado espontáneamente desde su base y que podrían parecer ramas, se enroscan ligeramente a su alrededor como apéndices protectores.

Incapaz de seguir buscando la NADA, se recuesta allí mismo. Se hace un silencio repentino: los pájaros ya no cantan, no sopla la brisa y hasta el mismo rumor de un arroyo, que creyó haber escuchado desde que plantó su primera huella en el bosque, enmudece.

Cierra los ojos. Duerme.

Abre los ojos.

No sabe cuántas horas han pasado, si minutos o días enteros, semanas, ¿meses, quizá? La luz que se abre paso a través de las copas fragorosas, el frescor, el lugar… todo es lo mismo. Juraría que ni una sola de las hojas de aquel montículo que se encontraba a sus pies cuando se sumió en su propia oscuridad se ha movido.

Y, sin embargo, hay alguien allí: en pie. La mira.

Se levanta precipitadamente, casi de un salto, y siente un instante de vértigo por aquella sensación desconocida de fuerza recobrada. De nuevo es dueña de su cuerpo.

El desconocido la mira, como si la conociera, y hay algo en él tremendamente familiar. Una vaga sensación de recuerdo le araña la mente sin conseguir penetrar en su conciencia. Le habla: quiere escuchar su voz para ver si ella despierta nuevos estímulos en una memoria aún anestesiada.

El desconocido se aleja.

Mira a su alrededor y ve más gente, mucha gente vagando por el bosque. Nadie cruza palabra y sólo parecen medio conscientes de que alguien más ronda a su alrededor. Intenta hablar con todos ellos pero las palabras no fluyen. Intenta tocarlos y rehuyen el contacto. Cada uno de ellos parece una isla de carne etérea y tiempo en un espacio finito e infranqueable.

Poco a poco, la luz de aquel día se difumina entre la cúpula de hojas y madera, adquiriendo tonos anaranjados remendados por hilvanes de nubes. Y aquellas presencias se alejan y se reclinan, cada una de ellas en un tronco hasta difuminarse en la madera.

Se acerca al primero de ellos y distingue en el tronco los rasgos toscamente labrados del muchacho que se le ha acercado aquella mañana: sus párpados caídos, sus manos descansan sobre el apacible regazo que forman sus piernas cruzadas. No hay dolor o turbación: sólo complacencia en el olvido absoluto.

Regresa a su propio árbol y apoya todo el peso de su cuerpo y sonríe.

Cierra los ojos. Duerme.


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Fragmentos (I)
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Pues, como dice el título, un fragmento de algo escrito hace tiempo y que forma parte de algo, descontextualizado aquí e inconexo a posta. Y así seguirá este tema en el futuro...

En la soledad más absoluta del abandonado apartamento, Raúl llevó la misma vida de crápula a la que estaba acostumbrado. No notó de forma especial la ausencia de sus padres, más concretamente de su madre, hasta que llegó el día en que tuvo que comenzar a ponerse camisas de manga larga porque no le quedaba ni una sola camiseta limpia. Raúl podía no cuidar su aspecto pero la higiene era una cosa distinta. Sobre todo cuando se ocupaba otro sin que a él le supusiera demasiado esfuerzo. Cuando llegó al punto de tener que ir o con el torso desnudo o con un jersey de lana, Raúl tomó la determinación de que tenía que ir a comprar ropa nueva, sobre todo, calzoncillos, porque hacía días que iba sin ellos y los vaqueros le rozaban incómodamente sus zonas más íntimas.

La idea de poner una lavadora no se le ocurrió hasta mucho después y el contacto en la primera fase fue un completo desastre. Raúl era capaz de hacer funcionar con relativa fluidez cualquier tipo de software pero, ante los rudimentarios mandos de la máquina, se quedó paralizado. Dejó el saco con la ropa sucia que había tenido que llevar arrastrando hasta la cocina. Se puso en cuclillas para estudiar más de cerca las posibilidades y, después de girar hacia un lado y otro una de las ruedecitas y de intentar desentrañar los símbolos de “algodón” y “sintético” sin resultados satisfactorios, se dio por vencido y se fue a ver la televisión.

Podría haber llamado a su madre para preguntarle cuál era el programa adecuado y cuál la temperatura pero aquello habría constituido una ruptura de su directriz vital. Y Raúl era tremendamente cabezota.

Tuvieron que pasar veinticuatro horas antes de que diera con la solución y, cuando lo hizo, no pudo comprender cómo no lo había pensado antes: Internet. La red de redes, el saber universal concentrado en una pantalla LCD, el conocimiento a distancia de una simple pulsación de ratón.

A través del ordenador se instruyó con un master en lavado que lo retuvo en casa durante toda una tarde. Al término de la misma, Raúl sabía manejar a la perfección cualquier lavadora fabricada en los últimos quince años, conocía de memoria el catálogo de las marcas y había hecho una comparativa de precios y calidades de detergentes y suavizantes que habría sido la envidia de cualquier empresa de estudios de mercado.

Porque Raúl sabía ser exhaustivo como el que más y no le gustaba hacer las cosas a medias. Naturalmente nunca habría confesado que, en lo más recóndito de su mente, albergaba conocimientos de aquel tipo que no cuadraban demasiado bien con la imagen de tirado de la vida que proyectaba al exterior. Como tampoco estudiaba esperando que, en algún momento de su vida, aquellas pericias pudieran ser de utilidad sino por la mera satisfacción de saber, de controlar hasta los más mínimos aspectos de cada ecuación.

Aunque no lo supiera, aunque se hubiera resistido a creerlo, aunque se habría reído en la cara de quien hubiera osado sugerir algo semejante, Raúl era un erudito. De haber nacido en el Renacimiento en Italia, probablemente habría llegado a ser algo en la vida. Pero sus padres lo habían engendrado en el momento y el sitio equivocados, en un gran paréntesis de la Historia donde los Maquiavelos y los Da Vincis trabajaban como operadores del servicio de atención al cliente en Telefónica y en el Corte Inglés, sección de lencería femenina.

Pero Raúl no se lamentaba nunca. Era otra de sus grandes virtudes: escondidas pero latentes.

Aquella tarde seguía el partido con cierta atención, despanzurrado en el sofá con la quinta lata de cerveza en la mano y un peta a medio consumir; envuelto en el suave aroma del jabón de Marsella y la lavanda inglesa que desprendía toda su ropa.


Il giardino di Elena
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Ayer escuché una canción en el trabajo en bucle durante al menos una hora.
N
o fue una elección en busca del mantra sino el resultado de una de esas maravillosas políticas de mi empresa (algún día hablaré de ellas largo y tendido porque tal capítulo de despropósitos merece una o varias entradas a parte). Nuestros queridos directores no quieren que tengamos ningún tipo de archivo guardado en nuestro C, de manera que un día nos obligaron a borrar toda la música de dentro, no fuera a ser que nos distrajésemos y dejásemos de producir… de escuchar la radio en Internet o similares ni hablamos, claro.
Por casualidades de la vida, mi ordenador tiene un misterioso fallo por el cual los archivos que se borran del escritorio resurgen de sus cenizas cuando reinicias el equipo y vuelven a estar allí. Así que allí estaba el mp3.
La sintonía en cuestión era
Copenhague
, de Vetusta Morla, un grupo que conocí por casualidad a través de un amigo y que luego resultó mucho más famoso de lo que yo creía, al menos en mi entorno inmediato. La verdad es que la primera vez que los escuché fue porque el nombre me traía ecos de La Historia Interminable… creo, de hecho, que se acerca el momento de releerlo… otra vez.
Esa canción me gustó desde el primer momento que la escuché porque me remueve algo por dentro, me pone melancólica y me hace pensar en una época de mi vida, corta en el tiempo, pero importante en el espacio.
Huí.
Me marché a Italia para romper con todo, para poner distancia con un montón de decepciones. Estaba la investigación, por supuesto, el doctorado, la tesis… sí. Como excusa sonaba bastante plausible.
Durante tres años estuve con un pie aquí y otro allá, sin saber exactamente dónde quería quedarme y adónde quería llegar. En Pisa echaba de menos Madrid, en Madrid echaba de menos Pisa. Que es lo mismo que decir que echaba de menos a la gente… Reúnes el valor para marcharte, una y otra vez, y ese miedo a llegar, sin embargo, permanece siempre ahí agazapado. Aún ahora me sigue pasando cada vez que viajo al encuentro de mis viejos amigos, que envejecen como yo y a los que sigo echando de menos como el primer día que abandoné la Torre Inclinada. Tal vez es el temor a que todo haya cambiado, a que nada pueda volver a ser igual, a romper la magia de aquellas personas y aquellos lugares que te hicieron feliz… Ma’, ora…
La pigrizzia, la lontananza, gli impegni, il lavoro, moglie, marito, figlio: ognuno di noi ha oggi fatto cazzi suoi e svolgiamo la nostra propria vita a distacco del riccordo di quei ragazzini che giocavano assieme sulle spiagge di Marina e Viareggio inbrunite dalla notte e che si ubriaccavano ogni venerdì sotto il Palazzo dei Cavalieri, quei Normalisti figli di puttana – come diceva la canzoneuniversitaria -...
Forse quelli li furono i migliori anni della nostra vita e di loro non ci resta più che una centinaia di fotografie, qualche telefonata ogni tanto e qualche mail sparpagliatto sul ciberspazio.
Beh, no, non è completamente vero.
Fincché ne avremo memoria ci accompagnerà pure una migliaia di bei ricordi, ricordi che si tornano sempre più belli quando ci ripensi a loro una volta e un altra: ancor’ ci restano le luciolle sul giardino di Elena.

Ne me quitte pas
[info]in_conexiones


Me gusta viajar. Quizá es una de las cosas que más me gustan en el mundo. No es sólo conocer cosas nuevas, ver monumentos, ciudades, ruinas… que también, porque es lo que tienen los arqueólogos no practicantes, que se interesan por las ruinas tobilleras que el resto del mundo pasaría por encima con una excavadora.

Es el color, la luz, el olor… cada sitio tiene un olor distinto. De hecho Madrid tiene un olor muy particular pero sólo lo notas cuando vuelves de viaje. Es la emoción del qué me dejo esta vez que será imprescindible, del me perderán el equipaje si lo facturo, del encontraré esta vez sellos para las postales (fundamental), del qué me espera más allá que es completamente distinto de mi vida, del paréntesis en la rutina, del breve sobresalto del despegue o el discreto discurrir del tren que se desliza por las vías…

Los barcos ni los nombro porque, a mi parecer, es un medio de transporte a evitar. No comparto el romanticismo marinero de mi tío que, un buen día, a los dieciséis años se marchó de casa en una fragata a surcar el gran azul ni el de nuestro querido Lolo… aunque, bueno, este no me lo creo del todo, aunque él sea gallego, gallego.

Los aviones me van pero los aeropuertos son un rollo y cada vez más. Aunque hay que reconocer que Barajas a las 6.00 de la mañana está siempre más animado que un after. Entre las huelgas, las caceroladas y los stripteasse en el puesto de control… Y luego están los trenes… los trenes son un medio de transporte tan… tan novelístico, tan Ana Karenina. Y las estaciones pueden ser tan hermosas y tan tristes a la vez. En los aeropuertos es un momento y ya está: has cruzado un umbral y te has ido. O se ha ido. Da igual que el avión parta con retraso porque existe un muro que aísla ese pequeño vacío de la realidad, del pasado y el futuro inmediatos. Una estación es un continuo en el espacio, un lapso completo de tiempo. Te despides, te abrazas, te besas, agitas la mano y te despides otra vez a cámara lenta, fotograma a fotograma…

Mi despedida más triste en el top de estaciones ocurrió en Pisa hace ya demasiados años. Mi pequeño Nicolas se fue de vuelta a Montpellier. Subió al vagón cantando a Jacques Brel. Volví a casa y lloré. Il faut oublier. Nunca más he vuelto a verlo.

A cambio, la última vez que llegué a Termini reí: allí estaba esperándome en el andén mi checo favorito con una botella de 1 litro de Urquell… a las 11.00 de la mañana, un detalle sin importancia para cualquier checo que se precie, aunque sea un respetable Teólogo de profesión.

Y es que no puede haber reencuentros sin despedidas.


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